Todo el calendario cristiano tiene su origen en la Resurrección de
Jesús. La Resurección
del Señor es la referencia más importante de nuestra fe. Tanto es así que
durante los tres primeros siglos del cristianismo la única fiesta que realmente
se celebraba era la Pascua
de Resurrección (la gloriosa resurrección de Cristo), y en menor medida
Pentecostés (el descenso del Espíritu Santo sobre los apóstoles).
Con el paso del tiempo ese acontecimiento de la Resurrección se fue
ampliando alrededor de la
Semana Santa , así apareció el domingo (la palabra domingo
significa "El día del Señor"). Cada domingo es la celebración semanal
del misterio pascual de la
Resurrección de Cristo.
En el Concilio de Nicea (año 325) se promulgó que la Pascua cristiana (la Resurrección de
Cristo) se celebraría "el primer domingo después de la primera luna llena
durante o después del equinoccio vernal". En consecuencia,
astronómicamente, la Pascua
nunca puede caer antes del 22 de marzo ni después del 25 de abril.
La enorme importancia que tenía para los cristianos la Pascua como festividad de la Resurrección de
Jesús, les llevó a creer que dicha celebración no podía llevarse a cabo sin
cierta preparación espiritual. Pensaban nuestros primeros hermanos que debían
acondicionar sus almas durante algunos días de ayuno, penitencia y oración.
Esto sería lo que posteriormente se llamaría Cuaresma.


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